La referente del Comité provincial de Bioética, Paz Bossio, se refirió a la discusión sobre el consumo de hojas de coca que se produjo a nivel nacional, recordando trabajos del sanitarista jujeño, Carlos Alvarado.
Indicó que en 1931, la Organización de Naciones Unidas le pidió al gobierno argentino un informe sobre los efectos del consumo de hojas de coca. El mismo fue elevado al Departamento de Higiene, que años más tarde se convertiría en Ministerio de Salud, y se le pidió a Alvarado que se expida sobre el tema.
En esos años, cuenta Bossio, comenzó un consumo más generalizado, si bien el mismo era histórico en toda la región. “En su informe, Alvarado habló de dos aspectos, uno inmediato y el otro alejado o tardío. Que se había juzgado hasta entonces que la coca, al igual que los caféicos, era un alimento de ahorro, que favorecía y exaltaba el recambio nutritivo, posibilitaba al organismo utilizar sus reservas en mayor cantidad y a mayor velocidad que en situaciones normales”.
Desnutrición
Por otra parte, en el informe de Alvarado se descartaba la desnutrición por consumo de esta hoja, y además, se contaba una anécdota sobre “pobladores de la Puna y la Quebrada de Humahuaca, consumidores de hoja de coca, que venían en invierno para cambiar sal por maíz caminando leguas y leguas haciendo jornadas de sol a sol durante días y días durmiendo a la intemperie con temperaturas bajo cero, con escasas raciones de mazamorra y charqui. Cuando las reservas debían estar sobre agotadas, llegaban a Jujuy ágiles y contentos, sin signos de extenuación o fatiga. La acción fisiológica de la hoja de coca les producía una atenuación del hambre y la fatiga, y a la vez aumentaba la energía muscular, la intensidad respiratoria y la actividad circulatoria, efectos totalmente contrarios al consumo de cocaína en términos de adicción”.
Bossio además destacó, del informe de Alvarado, que si bien los habitantes del altiplano, que coqueaban desde la infancia, se mostraban sensibles a la Tuberculosis, su resistencia a la fatiga, al ayuno, y su longevidad, eran elementos a tener en cuenta.
Agregó también que Alvarado hizo una diferencia entre coquismo y cocainismo, sosteniendo que “el buen coquero no usaba la coca amarga, rica en cocaína, sino que prefería la coca dulce, pobre en cocaína y rica en principios aromáticos. Para él, el coquero no era un cocainista o toxicómano”.
Hay un ejemplo sobre estas palabras en el trabajo de Alvarado: “en los enfermos que se asistían en salas u hospitales, el 90% eran coqueros, permanecían internados semanas y meses sin trastornos atribuidos a la abstinencia, sin sentir manifestar o demostrar la necesidad del tóxico. Otra diferencia sustancial con aquel que es adicto a la cocaína era que al mascar coca o coquear no lo consideraban un vicio, más bien un entretenimiento, una costumbre rural de los moradores de los valles y quebradas del Altiplano”.
