Texto publicado en la Revista Historia en Movimiento. 31-10-2018.
Según el calendario andino, noviembre es el mes de los difuntos. La fiesta que se celebra el primero y el dos de noviembre se divide en dos partes: Día de Fieles Difuntos (día de las almas) y Todos Santos. ¿Por qué celebrar a los muertos? ¿Solo es un tiempo de recordar a los seres queridos que ya no están? ¿Acaso existirán otras formas de pensar la muerte? Esta celebración sin dudas nos invita a reflexionar en ello.
En tiempos prehispánicos, los muertos eran considerados participes de la vitalidad de las relaciones sociales, más que muertos: eran ancestros, y por ello, jugaban un rol importante en el orden político, social y económico de las comunidades indígenas. Ser descendiente de, imponía una jerarquía y un estatus social, las formas en que al fallecer la persona era ornamentada para su despacho, mostraba el nivel social del que formaba parte. La historiadora Gabriela Sica cuenta:
“Ninguna sociedad es ajena a qué hacer con los muertos y como considerarlos. La idea del ancestro en las sociedades preindustriales es muy importante. El poder político está ligado a los ancestros: al morir el inca, al difunto se le asigna una porción de tierra y yanaconas (servidores) quienes asisten al muerto. Esto, con la llegada de los españoles, la concepción de muerte choca, ya que venían con una idea más de la concepción judeocristiana. El gran conflicto en la evangelización fue la diferencia en la concepción de los muertos. Para los indígenas era inconcebible el entierro y para los españoles no. Los primeros años de la conquista y evangelización los curas obligaban a los indígenas a enterrar a los difuntos bajo tierra. Y por la noche, los indígenas los desenterraban y los metían por ejemplo en cavernas. Los andes convive con la presencia de las momias, y estas no están momificadas artificialmente como en Egipto, sino que las momias incaicas eran producto del propio ambiente. El clima iba secando al muerto. Por ello, la relación con los ancestros era mucho más cercana que en el caso europeo. Los muertos viven con nosotros y forman parte de nuestra vida cotidiana y ritual. El día de los muertos me gusta, porque mezcla la concepción andina con el catolicismo, una relación que existe desde la colonia y que aún se sigue resignificando”.
Como afirma Sica, la llegada de los españoles impuso un conflicto muy grande dentro las formas de entender el mundo que tenían los indígenas. Para los conquistadores las practicas indígenas se las consideraba como idolatrías, y por lo tanto eran demoniacas. Todo el proceso de evangelización, de predicar la salvación, requería la eliminación de los cultos indígenas: a esto se le llamo “extirpación de idolatrías”. De ahí en más el mensaje de salvación se basó en afirmar que los ancestros (los muertos) de los indígenas estaban condenados a arder en el infierno por no haber conocido la verdad del evangelio. Esto, aunque traumático, no pudo desarraigar a los indígenas de sus creencias. Por ello, los curas a través de concilios dispusieron que en vez de homenajear al muerto se debía rezar para que “las almas” puedan descansar, las que estaban en el purgatorio como aquellas que estaban en el cielo. También se celebraban misas por el “descanso” de las almas. Estos serían los fieles difuntos.
De las ofrendas y la visita de las “almas”
Al parecer, en Todos Santos, Dios les da permiso a las almas (muertos) para que desciendan al mundo de los vivos y así compartir estos días con sus familias y amigos. La obligación de la familia es recibir al difunto, y por ello, tienen la responsabilidad de recordar cuales eran los gustos de aquel en vida para poner en la mesa las ofrendas que le homenajeen. Se hacen misas, se reza y también se visita el cementerio para renovar las flores. En algunas mesas se ve el brote de la cebolla, que, al ser hueca, el alma bebe por allí ya que está cansada por el viaje. En las mesas hay que poner los retratos y fotografías del difunto, y hasta se hacen oraciones por las “almitas olvidadas” que son aquellas a quienes los vivos dejaron de recordar. Las almas también se enojan, es por ello que se deben realizar los preparativos a conciencia y alegría. En ciertos lugares, las almas pueden causar enfermedades o desgracias.
Las ofrendas -los panes y golosinas- se comparten entre vecinos y familiares. Los panes con forma de persona son wawas (bebes) a quienes se bautiza y se les pone nombre, tiene madrina y padrino –como un bautismo cristiano-. Los animales y las escaleras tienen la función de ser el medio por el cual, las almas al ser despedidas vuelven a sus lugares de reposo. Las palomas se las llevan volando, las llamas y los perros se las llevan en sus lomos o bien suben por las escaleras. Siempre debe despedirse y despachar al alma, porque una vez concretada la visita ya no debe participar ni influir en el mundo de los vivos.
Si bien este artículo no tiene la intención de exponer una caracterización exhaustiva de la celebración, entendiendo que en cada familia y zona la vive con sus particularidades, la propuesta es pensar a los difuntos como “personas” no humanas que a través del tiempo fueron protagonistas de la historia. Esta celebración es un lugar de memoria, porque refuerza el recuerdo y afecto de quienes hemos perdido, pero también nos habla de una Historia mayor, que habla de quienes somos como sociedad. La conquista de América sin dudas fue uno de los acontecimientos más importante de la Historia Universal, y los muertos siguen hablando de ella.
Referencias:
Huaman Poma de Ayala, CRONICA Y BUEN GOBIERNO.
Vilca, Mario. 2012. El Diablo por la cocina. Muertos y diablos en la vida cotidiana del norte jujeño en Estudios Sociales. Jujuy, Argentina
