Hace 53 años la dictadura de Onganía desalojaba 5 facultades de la UBA, intervenía las Universidades y anulaba sus regímenes de gobierno.
El 29 de julio de 1966 – a un mes de instaurada la dictadura militar autoproclamada “Revolución Argentina”- el Presidente de facto, Juan Carlos Onganía, firmó el Decreto-Ley N° 16.192 por el cual se suprimía el gobierno tripartito y la autonomía de las universidades nacionales, que regían desde finales de la década de 1950. Además, por dicho decreto se subordinaba a las autoridades de las ocho casas de altos estudios del país al Ministerio de Educación.
El Rector de la UBA, Ing. Hilario Fernández Long, rechazó las nuevas disposiciones, él y su equipo de asesores presentaron inmediatamente sus renuncias en señal de repudio a la medida, en cinco Facultades -Ciencias Exactas y Naturales, Arquitectura, Ingeniería, Filosofía y Letras y Medicina- grupos de estudiantes y docentes decidieron tomar los edificios.
La noche del 29 de julio, el gobierno resolvió el desalojo utilizando las fuerzas de seguridad, la Guardia de Infantería de la Policía Federal expulsó violentamente a los miembros de la comunidad académica que habían ocupado los edificios de las Facultades de Ciencias Exactas y Naturales y Arquitectura, en protesta y en signo de resistencia frente a la disposición de las autoridades del gobierno militar. Se llevaron detenidas a más de un centenar de personas y otras tantas resultaron heridas.
Durante la denominada “Noche de los Bastones Largos”, la dictadura detuvo a 300 personas y dejó cientos de heridos;la destrucción alcanzó los laboratorios y bibliotecas de las altas casas de estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora. Se produjo la mayor “fuga de cerebros” de nuestra historia: 1.378 docentes renunciaron o se fueron del país exiliados; unos 301 emigraron ( 215 eran científicos y 86 investigadores en distintas áreas). De ese modo, se inició el éxodo de científicos y la supresión de los centros de estudiantes.
A raíz de la intervención militar, en la Facultad de Ingeniería varias decenas de ingenieros con una alta calificación en electrónica se dispersaron, yendo al extranjero o siendo absorbidos por la actividad privada; mientras que los laboratorios que tan trabajosamente se fueron comprando o desarrollando quedaron desarrollando algunos trabajos, pero debido al recambio de personal se perdieron sus objetivos orientados a la industria nacional y el desarrollo industrial, pasando esos equipos a formar un laboratorio académico bien equipado y mal usado que rápidamente se desactualizó.
En la Facultad de Exactas ocurrió otro tanto, testimonios relatan que la Facultad tardó en rearmarse, dada la confusión sobre renunciantes y quiénes continuaban ejerciendo la docencia, las actividades académicas ocurrían en bares y oficinas prestadas.
El impacto de estos episodios sobre la universidad argentina, y en particular sobre la UBA, fue sustantivo, ya que la mayoría de los renunciantes pertenecía a los sectores más dinámicos del cuerpo docente y se encontraban entre ellos muchos de los científicos más calificados de la Universidad, cuya formación había insumido recursos materiales e implicado el trabajo de muchos años. De esta manera, finalizó una de las etapas más renovadoras y transformadoras de la historia de la Universidad de Buenos Aires.
La renuncia de más de 1300 docentes de la UBA con marcada calificación científica significó una verdadera diáspora de cerebros, en la mayoría de los casos la ciencia y tecnología argentina los perdió.
La Noche de los Bastones Largos significó una diáspora de cerebros argentinos
